domingo, 19 de mayo de 2013

ESCRIBIR





(UNA NOTA SOBRE LA EXPRESIÓN Y EL INSTANTE)



Gonzalo Gamio Gehri

Para algunas personas escribir es una necesidad vital. Hay académicos que escriben porque una idea ronda su cabeza sin descanso, y la única forma de darle alguna precisión es plasmarla en blanco y negro. Algunos escritores necesitan volver sobre ciertos episodios de su vida – personas, momentos felices o dolorosos, historias inconclusas, ausencias o pérdidas – e intentan revivirlas por escrito. El viejo tópico goethiano de detener el instante, de lidiar con la nostalgia y la extrañeza. Ellos intentan revisitar a esas personas y experiencias significativas ofreciendo una nueva interpretación o tal vez reiniciando el diálogo con ellas escribiendo, aunque se hayan ido, aunque por alguna razón se las haya perdido. Escriben como si fuese el último intento por retenerlas, antes de dejarlas ir. Y, como se sabe, dejar ir lo que se aprecia realmente o se echa poderosamente de menos constituye el acto más difícil de todos ¿Intentarán con esto los escritores tener la última palabra, o indicar con ella el lugar o el movimiento de la retirada de aquel instante que pretenden preservar?

Nuevamente la imagen de Novalis frente a la tumba de su amada Sophie, conmovedoramente retratada por el poeta en los Himnos a la Noche, viene a la mente. La palabra revela los sentidos de las cosas, incluso descubre aquello que se ocultaba en ellas, y permanecía inadvertido. El poeta puede ahora expresar su dolor, aunque el texto no lo agote o lo erradique, lo pone de manifiesto tal como es. Sin la palabra, lo vivido permanecería confuso e inexpresado. La palabra permite al poeta aludido permanecer en la patria – el vínculo con Sophie -, a pesar del desierto existencial que experimenta. La escritura permite preservar el vínculo con aquello que se ama, aunque esté amenazado por la finitud. Novalis era consciente de esa situación, y también Goethe en su Fausto.

Escribir implica pronunciarse acerca de lo vivido. Asumir una posición, ofrecer una lectura que permita clarificar parcialmente las dudas y aplacar en cierto grado el sentido de incertidumbre y confusión que acompañan nuestros conflictos en el nivel de la experiencia, no sólo en el del intelecto. No suele acabar con el desasosiego, pero puede ofrecernos un panorama más amplio acerca de nuestra perspectiva ante circunstancias críticas o situaciones cruciales de la vida. 

domingo, 12 de mayo de 2013

J. DIEZ CANSECO: UNA LECCIÓN DE COHERENCIA Y CORAJE






Gonzalo Gamio Gehri

Hace muy poco que perdimos a Javier Diez Canseco. Seguí su trayectoria y voté más de una vez por él como congresista, dado que consideraba que su presencia era relevante en un Congreso plural y decente. No tuve la oportunidad de conocerlo personalmente, pero siempre admiré su coherencia personal, su valentía y su tenacidad para denunciar la injusticia y combatir la impunidad. Era un crítico implacable y un notable polemista. En los últimos meses, el actual Congreso lo sancionó violando el principio del debido proceso y el derecho a la defensa – como se ha manifestado desde los fueros legales – a partir de una campaña desatada desde la prensa conservadora, particularmente Correo. Se intentó así mellar la imagen pública de un político que desarrolló su trabajo parlamentario desde la convicción de que resultaba fundamental para mejorar la acción política recuperar su originaria y radical conexión con la ética.

No compartía yo el ideario revolucionario de Diez Canseco, tampoco su espíritu militante, aunque respetaba profundamente el ideal de integridad personal y solidaridad con los débiles que promovía. Como muchas personas de mi generación, me pareció importante aprender de la experiencia del desmantelamiento del bloque del este, experiencia que reclamaba un esforzado trabajo de reformulación teórica del socialismo y el alejamiento del marxismo ortodoxo, y acaso un desplazamiento decisivo hacia posiciones socialdemócratas o cívico-humanistas. Saludaba el proyecto de preservar el impulso moral por la justicia social y la libertad, desde una valoración liberal de las fuentes éticas y procedimentales de las ideas democráticas, dejando de lado el pathos dogmático de las viejas vanguardias. Los socialistasmás radicales, inspirados por la mística de la postguerra, no se mostraban afines a este giro hacia un progresismo liberal. más bien revisionista. Entiendo que el Partido Socialista ha hecho en los últimos años una revisión de sus bases ideológicas, pero no tengo información detallada de ello. Lo cierto es que Diez Canseco participó activamente en la tarea legisladora y fiscalizadora desde las instituciones de la democracia constitucional – representativa -, destacándose en la defensa de los derechos humanos de las víctimas y de los trabajadores y en la vindicación de los principios de la ética pública en contra de las diversas formas de autoritarismo y corrupción urdidas en las últimas décadas.

Su más reciente producción política estuvo ligada a la defensa de los derechos de las personas con discapacidad  y las minorías culturales y sexuales. Más allá de si uno comincidía o no con los cimientos ideológicos de Diez Canseco o si disentía con algunos capítulos de su trayectoria política – por ejemplo, su discutida responsabilidad en la división de la izquierda – uno celebra indiscutiblemente el balance positivo de una vida dedicada a la causa de los sectores más pobres y vulnerables del país, la pertinencia de su labor parlamentaria, su firme combate a la autocracia (tanto con Velasco como con Fujimori), la compleja consistencia entre pensar y vivir la política. Incluso quienes alguna vez se consideraron adversarios políticos de Javier Diez Canseco reconocen el enorme valor de una vida dedicada al cultivo de una política humana y empática con quienes sufren. Seguramente un Congreso más honorable le rendirá a Javier Diez Canseco el homenaje que su vida y su labor merecen.

viernes, 3 de mayo de 2013

SIEMPRE EL MISMO DÍA.....





Gonzalo Gamio Gehri

One day es una película británica sobre el tiempo y la conmovedora complejidad de las relaciones humanas. Dirigida por Lone Scherfing, está basada en un libro de D. Nicholls. Narra la historia de la relación de Emma Morley (Anne Hathaway) y Dexter Mayhew (Jim Sturgess), dos egresados de Edinbourgh que se conocen un 15 de julio de 1988. Se sienten atraídos el uno por el otro pero deciden ser amigos para toda la vida. Y se comprometen a reunirse cada 15 de julio, el día del venerado San Swithin. La película presenta el paso del tiempo en esta relación a partir de lo que va sucediendo ese día en el transcurso de los años. Emma quiere convertirse en una escritora cuyas historias puedan influir en la manera en que las personas conciben y sienten la vida, Dex es un chico hedonista que prefiere vivir el instante y hacerse conocido, que nada lo detenga. Ella está enamorada de él y ese sentimiento inspira lo que escribe; él está demasiado preocupado por sí mismo como para sacar conclusiones sobre ese asunto o cualquier otro.

La vida a veces los reúne y otras los aleja casi del todo. Lo que sorprende es que la fortuna no consiga separarlos finalmente, como un espectador experimentado podría avizorar. Eso es lo más desconcertante y uno de los elementos más interesantes de la trama.  Ello se debe quizás al tozudo cariño que le brinda Emma – lo único constante en medio de los conflictos y las ausencias -, que se abre paso incluso en situaciones adversas. La película abarca más de veinte años de encuentros y desencuentros entre ambos jóvenes. El amor no desfallece, se resiste a morir. En el camino van descubriendo quiénes son, que llevan dentro, con qué heridas tienen que cargar. El desenlace es trágico, y llevará a Dexter a reflexionar sobre qué tiene importancia en la vida.

A pesar de lo dramático del final, la historia es contada con sencillez y agudeza; da la impresión que los espectadores nos metemos un poco a contemplar los conflictos de dos personas que se enredan en la compleja agonía de la amistad y el amor, la nostalgia y la ira. En las hondas conexiones entre estas emociones y vínculos. Personas que acaso no dejaron nada por decirse el uno al otro, que lucharon por no perderse mutuamente, y que tuvieron que lidiar tercamente con el aguijón de la fortuna. Personajes comunes que lucharon contra la voracidad del tiempo, y pudieron arrebatarle algo de felicidad al destino. A pesar de todo, uno se queda con la sensación de que esa lucha  quizá rindió pequeños pero profundos frutos. 

sábado, 27 de abril de 2013

UNA GOLONDRINA NO HACE VERANO






APUNTES SOBRE IDENTIDAD Y NARRATIVA



Gonzalo Gamio Gehri

 Quisiera decir una cosa muy breve sobre la identidad narrativa. Conocida es la tesis aristotélica según la cual sólo podemos sostener de alguien que ha sido “virtuoso” y “feliz” si se reconstruye su vida como una totalidad, acaso, al final de su vida, y se reconoce en él el cuidado de las excelencias del intelecto y del carácter. Una buena acción no convierte en “bueno” al sujeto práctico, sino la elección de un modo de ser marcado por la práctica de las virtudes, un hábito permanente. Una golondrina no hace verano.

Esta clase de reflexiones conducen a la concepción narrativa de la vida y de la razón práctica. Es el relato el modo en que es posible dar cuenta de la identidad, quiénes somos y qué lugar ocupamos en el tiempo y en el espacio de las relaciones humanas. Reconstruimos retrospectivamente la historia de la formación de nuestras convicciones y propósitos en las diferentes situaciones que tuvimos que enfrentar y los conflictos que procuramos resolver a través de la deliberación. La narración revela la presencia ineludible de los otros en la vida humana.

Este relato pretende describir e interpretar las crisis existenciales que afronta el agente en el curso de la vida. Conflictos del mundo ordinario que exigen clarificación. Situaciones en las que nuestras creencias se revelan inconsistentes o nuestros vínculos sociales se tornan problemáticos. Imaginemos algunos casos de crisis. Con el paso del tiempo tomamos distancia de las asociaciones voluntarias en las que participamos. O caemos en la cuenta que algunas personas que creíamos que nos querían no nos quieren, o tal vez sí. O tenemos una crisis vocacional y sentimos que nuestra profesión no nos llena. Todos estos ejemplos son cotidianos, y muestran que las crisis existenciales son crisis que comprometen la inteligibilidad de la narración.

Incluso la confusión y la incertidumbre son dimensiones de la vida que requieren una descripción narrativa. El discernimiento y la elección de una forma de vida que juzgamos importante o valiosa entraña asignarle un lugar a tales actividades en la narrativa vital. A veces, cuando esta elección hace explícito un proceso de conversión, genera un cambio en la trama misma del relato. La necesidad de brindarle unidad a la narrativa vital implica explicar el tránsito de una forma de dirección de la vida a otra radicalmente diferente.  

LAS IZQUIERDAS Y LA “ILUSIÓN DE LA UNIDAD”










Gonzalo Gamio Gehri

Me gustaría hacer una precisión más para completar las ideas del texto anterior. Dijimos - en diálogo con  Levitsky y otros autores - que la izquierda tendría que discernir si desarrollar una revisión crítica de su ideario para seguir el cauce democrático-liberal, en la clave del reconocimiento de derechos y la ciudadanía activa, o sucumbir a la obsesión por la unidad, que la llevaría a establecer alianzas con la izquierda más integrista, y a hacer concesiones ideológicas o sacrificar esa línea de pensamiento más próxima a una suerte de humanismo liberal. El caso de su evidente condescendencia con el chavismo va en esa dirección. Juan Carlos Tafur ha expresado una idea similar en un editorial en la Revista Velaverde. Sostiene que hoy, la derecha tiene una mayor conciencia de que las diferencias internas son útiles para producir una identidad política:

“Pues bien, hoy por hoy, en la derecha las cosas parecen algo claras. Una es la derecha mediana o plenamente liberal, y otra muy distinta la conservadora y, en particular, la denominada DBA. No hay punto de encuentro allí. Es impensable un proyecto político común. No podrían sentarse en la misma mesa partidaria Álvaro Vargas Llosa con Francisco Tudela; Lourdes Flores con Martha Chávez; o Pablo Secada con Rafael Rey. Son de derecha todos, pero las diferencias son mayores que las identidades. 

Idéntico o similar camino tendrá que recorrer la izquierda si quiere convertirse en una opción política o electoral y, sobre todo, gubernativa. Marcar los terrenos entre quienes siguen viendo paradigmas en Fidel o en el pajaritico de Hugo Chávez y quienes miran los casos de la Concertación chilena o la política interna de Lula como sus referentes”.

Estoy de acuerdo (aunque la clasificación de las derechas podría ser más estricta; no suscribo el uso de la expresión "DBA" para describir a la ultraderecha, por las mismas razones que repruebo que se use "caviar"). El apoyo a Maduro está erosionando el espíritu cívico y el buen desempeño de la izquierda y la centro-izquierda en la defensa de la institucionalidad en contra de Fujimori y su entorno. Debe entenderse que no hay regímenes autoritarios “buenos”, que su signo político no los legitima. Las cuestiones de principio no pueden ser objeto de negociación en nombre de las afinidades ideológicas o las alianzas estratégicas con un vecino poderoso. El trasfondo moral de la lucha contra el autoritarismo se ve golpeado por la incoherencia de la propia izquierda.

El ejemplo de la Concertación (Bachelet y Lagos) muestra una senda liberal consistente y clara, en el sentido que hemos estado discutiendo. No obstante, tomar en serio esta senda implica cultivar una sensibilidad democrática y constitucional que nuestra izquierda no parece haber interiorizado sin resistencias. La tentación del continuismo y el apoyo al régimen chavista así parecen atestiguarlo. Se hace necesario un honesto examen de conciencia (ética y política) en esta materia para asumir el rumbo de un espíritu realmente democrático, más allá de la debatible “ilusión de la unidad”.

domingo, 21 de abril de 2013

SOBRE LOS CAMINOS DE LA IZQUIERDA






Gonzalo Gamio Gehri

Steven Levitsky publicó en La República el artículo Dilemas para la Izquierda, en el que plantea las dificultades que tendría que afrontar una izquierda peruana institucionalmente debilitada, sumida en una crisis de identidad, batallando en medio de un electorado conservador como el de Lima. No voy a detenerme a examinar si las situaciones que describe Levitsky son formalmente dilemáticas. Quisiera discutir algunas de las posibilidades bosquejadas al final de su texto.
El columnista precisa que la izquierda tendrá que discernir acerca de su propia identidad a la vez que innovar - en el orden de sus programas ideológicos y en el de su organización -  para posicionarse en el espacio político, recuperar su conexión con la población, definir una estrategia para convertirse en una alternativa de gobierno o conformar un grupo con una presencia relevante en el Congreso. Tiene que revisar sus fundamentos, elegir si retomar el camino de Izquierda Unida o si asumirá el de una Izquierda con un perfil más liberal, humanista o tal vez socialdemócrata.
“No hay salida fácil. La izquierda tendrá que innovar. Reconstruir una Izquierda Unida (ahora llamado Frente Amplio) es, probablemente, un sueño. Pero quizás está bien. Muchas veces, la innovación surge de múltiples experimentos.    Uno de estos experimentos será una izquierda más liberal o social democrática –una izquierda que promueve la igualdad y la expansión de los derechos sociales dentro de una economía de mercado–.”
Una izquierda liberal (quizá en el registro de Dewey, Rawls, Sen o Walzer) es, sin duda, una vía posible para que la izquierda de cuenta del proceso de autoexamen que debió afrontar luego de la caída del muro de Berlín. És un camino posible - que encuentro cercano -, no es el único. El trabajo sobre los temas de ciudadanía, derechos humanos y pluralismo (que el marxismo ortodoxo siempre encontró sospechosos) constituye un avance en esta dirección, aunque la izquierda política local nunca se propuso explícitamente desarrollar una revisión teórica detallada; esa tarea ha sido parcialmente acometida desde espacios intelectuales. La dicotomía estructura / superestructura, el determinismo de clase, el dogmatismo del curso lineal de la historia e incluso el recurso a la violencia revolucionaria siguen siendo elementos ideológicos recurrentes en la mayoría de grupos que se reclaman como izquierdistas, pese a que resultan problemáticos en la perspectiva de la teoría social y el pensamiento político. La condescendencia de algunos movimientos con el uso de la fuerza o con esquemas autocráticos (piénsese, sin ir muy lejos, en la penosa actitud frente a las recientes y malogradas elecciones en Venezuela) resulta a todas luces inaceptable desde un enfoque democrático. En general, se necesita tanto una derecha liberal como una izquierda moderna, formaciones políticas que rechacen toda forma de autoritarismo e integrismo.
La renovación de la izquierda en una clave humanista o liberal permitiría rescatar el motivo programático socialista que gira en torno de la crítica de la alienación (en la economía y la política) y el énfasis en la justicia distributiva, a la vez que incorporar el tema del reconocimiento cultural y de género, y las políticas de memoria. El “lenguaje de los derechos” y la preocupación por la construcción de la ciudadanía aportan un nuevo horizonte conceptual que permite someter a crítica ese integrismo materialista, así como purificar el discurso progresista del viejo dogmatismo de la ortodoxia marxista. El pensamiento progresista manifiesta así una mayor apertura a consideraciones “postmaterialistas” que los nuevos movimientos políticos ponen en la agenda de discusión. Se trata asimismo de plantear un cambio radical en el terreno de la acción, pues esta nueva perspectiva apunta a fortalecer el compromiso cívico con la vida democrática y con los cimientos del Estado de derecho. La izquierda más dura alegará que este enfoque toma excesiva distancia del ideario marxista, que incorpora en lo teórico una serie de referentes “clásicos” (la agencia política, lo público, las libertades positivas, etc.), y que, en la práctica, acerca el programa izquierdista al programa  de la “alianza paniaguista” que el propio Levitsky ha descrito en algunas de sus columnas anteriores, una alianza que recupere el programa de la transición del año 2000. En lo particular, considero que ninguna de estas objeciones debilita el argumento de que esta posible dirección de una izquierda reformulada podría revitalizar la causa de la justicia social en el Perú. De hecho, pienso que – más allá de las necesidades internas de los movimientos de izquierda – recuperar la agenda de la transición en materia de lucha contra la corrupción y la vindicación de los derechos humanos constituye una prioridad. Necesitamos una izquierda realmente comprometida con la democracia, tanto con sus procedimientos como con su dimensión participativa.
El autor se pregunta si una izquierda liberal o humanista estaría inmersa en el juego político que le plantea la derecha, si sería la expresión de una izquierda hecha a la medida de las necesidades del ideario conservador.
Rechazar esa izquierda como “la izquierda que tanto necesita la derecha” es, además de infantil, falso. La derecha dura ha sido clara (y nunca más clara que en la revocatoria): no quiere una izquierda liberal o moderada. Quiere una izquierda muerta. Y hoy en día parece tenerla”.
Este es un asunto discutible. Para algunos, la derecha prefiere una izquierda menos radical, que haya renunciado a su proyecto revolucionario, centrado en la superación definitiva del capitalismo en una sociedad comunista. Para otros, ella anhela una izquierda que permanezca en el esquema decimonónico del determinismo histórico y la ideología de clase, una perspectiva que alegremente ceda a la derecha el tema de la democracia y las libertades individuales. Lo que parece cierto es que un sector de la derecha conservadora quiere una izquierda muerta y sepultada.  La izquierda liberal le parece una versión edulcorada (o encubierta) del comunismo marxista. Recordemos el categórico escrito de Vásquez Kunze publicado hace algún tiempo, en el que el periodista señalaba que votaba “Sí” en la revocatoria no por alguna objeción puntual a la gestión municipal, sino fundamentalmente porque rechazaba de plano la concepción izquierdista del mundo, así como “la “institucionalización” de una “ciudadanía” “construida” con sus desechos ideológicos”. O evoquemos las patéticas notas de Santivañez, en las que acostumbra estigmatizar el pensamiento progresista sin ofrecer un solo argumento. Por supuesto, esta clase de cuestionamientos tendrían que ser materia de discusión política.

Cierta derecha cree que la izquierda ha muerto en el plano político y en el ámbito electoral. Desliza la idea de que sólo se presenta fuerte en las instituciones de la sociedad civil y en algunas organizaciones radicales que actúan en las zonas más conflictivas del país. Sugiere que hace tiempo que no produce ningún pensamiento novedoso o relevante. Estas afirmaciones revelan falsas suposiciones, medias verdades o evidentes prejuicios. Corresponde a la izquierda salir de su letargo ideológico y demostrar que esto no es así. En lugar de preguntarse qué clase de izquierda resulta funcional a la reductiva estigmatización conservadora, los movimientos de izquierda tendrían que indagar qué tipo de derrotero intelectual y político pretenden asumir y si éste responde o no a las exigencias de justicia y libertad de la sociedad peruana.

viernes, 12 de abril de 2013

EL ÁGORA. ESPACIO Y VIDA CÍVICA





Gonzalo Gamio Gehri


Mi primera clase del Seminario de Deontología en la Academia Diplomática del Perú, la revisión de algunos escritos filosófico-políticos de Aristóteles y la lectura de las Lecciones de Historia del Pensamiento Político de Oakeshott han motivado la composición de este post. Quisiera decir un par de cosas sobre el ágora griego y su relevancia para la filosofía política. El ágora está a la base de la concepción clásica de la acción política, y los alcances ético-espirituales de esta noción con frecuencia  han pasado desapercibidos en las discusiones teórico-políticas. Aquí pretendo recuperar algunas ideas en torno a la valoración ateniense del espacio público. Se trata tan sólo de algunos apuntes preliminares  sobre este asunto. Dejo un desarrollo más detallado para un próximo artículo.

El ágora es el espacio deliberativo. Es el espacio dedicado a la discusión, la forja de consensos y la expresión razonada de disensos. Existió desde los primeros tiempos de la cultura griega – desde la llamada “edad heroica” – pero de una manera restringida. En la Iliada se pueden apreciar los debates del consejo de guerra que a menudo convocaba Agamenón, conformado por reyes guerreros. A ellos correspondía diseñar estrategias de combate, distribuir el botín, y hacer justicia. Los restantes miembros de la comunidad – en realidad compañeros de armas, aún no puede hablarse propiamente de una pólis, sino de un conjunto de clanes vinculados por la estirpe y el parentesco – no participaban de aquel espacio como interlocutores. Eran únicamente testigos de la discusión que llevan sus jefes.

Con el advenimiento de la democracia en Atenas – la aparición de la propia pólis -  el ágora se convirtió en el centro de gravedad de la vida de la ciudad. Además de “plaza pública”, escenario de la conversación política, era un lugar para la administración de justicia, para la celebración del culto, y para la realización de transacciones comerciales. Con el tiempo, se afianzó como el escenario del ejercicio de la “razón pública”, y su condición de espacio comercial quedó en un segundo plano. El Areópago se constituyó como el ágora por excelencia, como sede de las discusiones de la asamblea de ciudadanos y como el lugar de los procesos judiciales. En el pasado era solamente la “colina de Ares”, un espacio destinado al culto al dios de la violencia y a la violencia misma: Las euménides muestra cómo se convierte en precisamente en lo contrario, en el lugar del cuidado de la justicia basada en la deliberación pública, lográndose que las terribles erinias se tornen en las diosas protectoras de los tribunales atenienses.

El ágora se convirtió en la objetivación geográfica del espíritu político ateniense. Un espacio consagrado al tipo de libertad que se puede construir y ejercitar a partir de las acciones coordinadas de los agentes. En el ágora los ciudadanos se dedican a considerar dialógicamente los conflictos y a buscar soluciones razonables para los mismos. En el espacio público, sugiere Arendt, tiene lugar la aparición de lo humano. Es el locus del discernimiento sobre lo contingente que es el elemento básico de la vida, y el de la vida buena. Los seres humanos, en cuanto animales, están sometidos a la regularidad y la necesidad propias de los entes regidos por el kósmos. Ellos nacen, crecen, se reproducen y mueren. Pero como seres capaces de deliberación, elección y acción, pueden escoger caminos y sentidos posibles para la vida que trascienden ese implacable ciclo vital y dejan un espacio para el ejemplo y la memoria. El ágora es también el espacio para discernir y poner en juego aquella forma fundamental de trascendencia.