lunes, 14 de mayo de 2012

LA IGLESIA CATÓLICA ESTÁ SECUESTRADA (VÍCTOR VICH)








La iglesia católica vive tiempos oscuros. Ha sido tomada por un conjunto de fundamentalistas que no toleran la diferencia de opiniones ni el debate intelectual, que han sustraído toda autocrítica personal del mensaje realmente incómodo del hijo de Dios y cuyo único objetivo parece ser la pura ambición económica y el poder político. “Mi reino no es de este mundo” (Jn. 18, 36), dijo Jesús y lo dijo para subrayar que el modelo de vida que proponía era completamente distinto a las viles pasiones que mueven a los hombres. Jesús nunca se refirió a las pasiones de índole sexual sino a aquellas más humanas que buscan juicios, ambicionan propiedades, se seducen con sortijas y mitras, y que gozan de ejercer poder sobre los demás.
Hoy la iglesia no la dirigen personajes que admiremos por su humildad ni por su compromiso ante los hombres. Tampoco los admiramos por su inteligencia ni por su producción teológica ni por su diálogo con la cultura universal. Hoy muchos de los sacerdotes tienen una pésima formación académica que no es producto de la duda que el verdadero conocimiento trae consigo sino de la paporreta de los dogmas y la normativa. Las mejores clases sobre Nietzsche que yo escuché fueron las de Vicente Santuc. Hoy, por el contrario, muchos nuevos sacerdotes no saben nada de filosofía, nada de ciencias sociales y casi nada de literatura. En mi colegio, sin embargo, los jesuitas nos hacían leer a César Vallejo y a Jorge Eduardo Eielson; a José María Arguedas y a Luis Hernández. Nos llevaban al teatro a ver Collacocha y disfrutaban con nosotros de los Beatles y de Pink Floyd. También nos llevaban a cortar caña en las haciendas azucareras del norte y a deshierbar café en la selva de Cajamarca. Pero hoy es aún peor: muchos de los sacerdotes actuales pueden llegar a admirar a un dictador corrupto de la misma manera en que están fascinados con una imagen de plástico como aquella del morro solar. Han perdido sentido estético y parecen haber olvidado las propias palabras de Jesús: “No todo el que dice señor, señor, entrará al reino de los cielos (Mt. 7, 21)”.
Hoy muchos sacerdotes vuelven a vestirse de negro, a usar cuellos cerrados y se ve en ellos una manifiesta voluntad de diferenciarse del resto como si fueran personajes “superiores” y tuvieran garantizado el paraíso divino. No los vemos trabajando con la gente y promoviendo mejores vínculos entre las personas sino obsesionados en controlar el cuerpo de la mujer y en juzgar la vida sexual de todos nosotros. Hoy tenemos a un conjunto de inquisidores que ha adquirido mucho poder y que está empobreciendo a la tradición católica. Yo me formé en otra iglesia, con sacerdotes -como el padre Gastón Garatea- que entregaban su vida al servicio de los demás y que sabían bien que el mensaje de Cristo era un mensaje liberador situado más allá de la dialéctica entre la ley y su transgresión. Ni ley, ni trasgresión: solo un mensaje de verdadera humildad y de real compromiso con los demás sin importar sus credos o sus opciones privadas. Un mensaje de profunda solidaridad humana. Casi nada de eso vemos en la iglesia de hoy: la han secuestrado.

miércoles, 9 de mayo de 2012

CARLOS FLORES LIZANA: “DIARIO DE VIDA Y MUERTE”





Gonzalo Gamio Gehri


La cuestión de cómo afrontó la Iglesia Católica el conflicto armado interno se ha convertido en un tema controversial. El Informe Final de la CVR ha presentado una investigación documentada sobre este asunto. Sostiene que allí donde el trabajo pastoral estuvo comprometido con la población – en la prédica, y especialmente en la práctica – la ideología del terrorismo no ingresó en tales comunidades. El ejemplo fue el trabajo de la Iglesia en el sur andino. Se señala asimismo que la Iglesia de Ayacucho, Huancavelica y Abancay no estuvieron a la altura de su misión pastoral; se indica que incluso en Ayacucho se obstaculizó el trabajo de organizaciones de derechos humanos que pertenecían a la propia Iglesia (Conclusión Nº 142). El Informe habla muy bien – salvo en esos casos lamentables – del rol cumplido por la Iglesia católica y las Iglesias evangélicas en aquellos tiempos de barbarie.


“De allí nace el valor de una iglesia que se parece a María, fiel, pobre, pero de pie al lado de los crucificados de la historia. Aunque nuestros dos obispos parece que no ven este tipo de Iglesia, muchos de nosotros tratamos de hacer precisamente eso, estar y acompañar a los inocentes y víctimas de la violencia. Hacer eso creo que es nuestra fuerza y nuestra debilidad sin más pretensiones”[1].

Quien escribe estas líneas – el 14 de agosto de 1990 – es Carlos Flores Lizana, entonces un joven jesuita que hacía trabajo pastoral y ejercía la docencia en el epicentro de la violencia terrorista y represiva, Ayacucho. Las escribe el día en que se cumple el aniversario de sus votos, en circunstancias en las que se entera que lo buscan para asesinarlo, porque se ha convertido en un personaje incómodo ante los ojos de un grupo de malos efectivos de las Fuerzas Armadas. Los terroristas hacía tiempo que tenían amenazados a agentes pastorales que denunciaban sus acciones. En el contexto de la recepción de esta noticia, hace un examen de conciencia y señala el agudo conflicto en el que se debate la Iglesia peruana. Su libro Diario de vida y muerte. Memorias para recuperar humanidad (2004) es una especie de cuaderno de bitácora sobre el terrible trance que atraviesa el pueblo de Ayacucho en aquellos años, esbozado en la perspectiva de un hombre de fe. Sus palabras son duras, y pueden entenderse en la clave de la parresía. No duda en denunciar los crímenes de Sendero Luminoso y también los abusos cometidos por agentes del Estado. No duda en confrontar a las autoridades religiosas de aquel tiempo, de quienes dice que desean “una Iglesia sometida, del silencio y la impunidad”[2], y que – según declaración del propio Flores - están más preocupadas por la corrección litúrgica y por la irritación que les causa la teología de la liberación que por el destino de los más débiles. Paradójicamente, se trataría de una Iglesia que no persigue el Reino. En contraste, la opción del autor es por una Iglesia que rechaza la violencia y acoge a las víctimas.

El libro de Flores Lizana constituye un testimonio conmovedor de un creyente que contempla horrorizado los actos de crueldad que se cometen diariamente, y asume una clara posición - en lo teológico y en el plano de la acción – en defensa de la vida y la dignidad de la población de Ayacucho. Mario Vargas Llosa ha elaborado recientemente una elogiosa nota sobre este texto. El diario es una terrible crónica de lo que acontece cada día en la zona marcada por el conflicto. Denuncia desde el púlpito el escándalo de la muerte, la irracionalidad de las ideologías que consideran que el asesinato constituye un precio a pagar para cumplir con las exigencias de las “leyes de la historia”. Rechaza asimismo los alegatos de quienes afirman que la muerte y desaparición forzada de personas constituye el “costo social” de la pacificación. Se trata de un  texto que da fe de un consistente compromiso con la defensa de los derechos fundamentales y la solidaridad con quienes padecen violencia.





[1] Flores Lizana, Carlos Diario de vida y muerte. Memorias para recuperar humanidad Cuzco, CADEP José María Arguedas / CBC 2004 p. 272.
[2] Ibid., p. 270.

domingo, 29 de abril de 2012

LITERATURA Y FORMAS DE NOSTALGIA





Gonzalo Gamio Gehri

De todas las emociones que afectan el alma, la nostalgia siempre ha llamado mi atención. Tiene la forma de la reflexión y la intensidad conmovedora del anhelo. Plantea una aguda relación con el pasado. Evoca experiencias pasadas y se añora su retorno (nóstos). La mente y el corazón acarician esas imágenes que el recuerdo retiene. Por un lado, la memoria mantiene viva la experiencia y, en ese sentido, la hace presente; sin embargo, lo que se hace presente es también su condición de pertenecer al pasado. Lo que provoca dolor es saber que pasó, y que talvez sólo se preserva como pensamiento, como reflejo. Esa distancia temporal constituye al menos en principio una barrera infranqueable. Sólo se puede volver realmente sobre los propios pasos a través del recuerdo. No puedes retener el más pleno de los instantes – Fausto lo expresa muy bien -: inevitablemente, se te escurre entre las manos.


Esa es una manera de ver las cosas. Exploremos otro aspecto del asunto.

No obstante, la nostalgia puede mover el alma a la acción,.y a transformar la propia situación. La reflexión puede modificar la práctica. La nostalgia llevó a Odiseo a volver a pisar la patria, y a liberarla de sus opresores, e impulsó a Orfeo y a Dante a bajar a los infiernos para reencontrarse con la amada. El recuerdo de los brillantes ojos oscuros y la cabellera negra de Eurídice condujo a Orfeo a las profundidades del Hades y a su rescate; la visión de Beatrice orientó a Dante en su trayecto por el Cielo. El sufrimiento de Admeto por la muerte de Alcestis permitió que Heracles la recuperara para el mundo de los vivos, arrebatándosela por la fuerza al mismísimo Thanatos; de este modo, el amor pudo vencer a la propia muerte. Otra es la suerte de Novalis, que escribe sus Himnos a la noche agobiado por la pérdida de Sophie von Kuhn. La vivencia de la nostalgia parece invocar en su caso el retorno de una temprana y feliz época del mundo:

“¿Qué más nos falta hacer en esta tierra
Con nuestra fe y amor que nada calma?
Por siempre más lo antiguo ha fenecido,
Y ¿qué ha de traer lo nuevo a nuestra alma?
¡Ah, cuán sólo se siente y afligido
Quien con amor profundo
Ama la primitiva edad del mundo!”.

En algunos casos, como el de Novalis, la nostalgia implica la pertenencia al pasado y la extrañeza frente al presente. Es una nostalgia fatalista y desgarradora. De hecho, a diferencia de los griegos, marca una absoluta cerrazón frente al presente. La nostalgia novaliana ata la consciencia al pasado. En contraste, en el caso de Orfeo y Admeto (y creo que también en el de Dante), se trata de superar el pasado en el presente, poder lograr nuevas experiencias plenas, quizás recuperar el amor y a la amada añorada. En el caso de Odiseo, volver a su reino y recuperar el trono. Diríase que la nostalgia, bosquejada en este sentido “clásico”, busca salir de sí misma para reorientar con esperanza el presente. Extrañar constituye un llamado al retorno de la plenitud, marca una actitud de apertura al presente y al futuro en cuanto a lo que se anhela. Esa nostalgia genera un impulso práctico por la recuperación de lo anhelado. Superar la pérdida y acaso  lograr el reencuentro. No existe una única forma de nostalgia, ni una única forma de observar el pasado, ni un solo modo de anhelar el retorno de la plenitud.

miércoles, 25 de abril de 2012

VICENTE SANTUC SJ: UN AÑO DE SU PARTIDA

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Gonzalo Gamio Gehri


El pasado 3 de Abril se cumplió un año del sensible fallecimiento de Vicente Santuc, sacerdote jesuita, filósofo, fundador y Rector de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya. Dejó muchos buenos amigos y numerosos discípulos que apreciaron sus clases y su ejemplo de vida. Vicente mostró con su vida y obra que es posible ser a la vez un creyente comprometido y un espíritu libre, un filósofo y un hombre de Dios. La lectura paciente de los clásicos y la meditación en torno a los textos del Evangelio lo llevaron a comprometerse con esa difícil pero altamente significativa forma de existencia. Sus lecciones sobre Nietzsche y sus escritos fenomenológicos sobre la acción humana – particularmente la acción política – constituyen un claro testimonio de esa vocación por hacer de la fe y la libertad las disposiciones fundamentales para llevar una vida con sentido.

En el libro El topo en su laberinto es posible encontrar su compleja interpretación del lugar de la filosofía en la cultura, la sociedad y la vida de las personas. En este momento estamos revisando y ordenando los numerosos manuscritos que Vicente dejó, con el propósito de publicar sus Obras completas. En un primer volumen aparecerá su último ensayo, "Antropología existencial", acompañado de algunos artículos complementarios sobre filosofía de la educación, espiritualidad y filosofía práctica.

Más allá de la evidente calidad de sus ideas, la profundidad de sus argumentos sobre el carácter gratuito de la vida, la dimensión humana de la fe, la crítica del homo economicus y tantos otros motivos filosóficos en el pensamiento de Vicente, sus amigos y colegas lo recordaremos siempre como un verdadero maestro que sabía encarnar las ideas en un camino de vida y que era capaz de transmitirlas con precisión conceptual, espíritu crítico y una gran  honestidad personal. Su sólido sentido de la realidad no le impedía tener una enorme y afectuosa fe en los seres humanos y en su capacidad de crecer y plantearse propósitos que implican la transformación del entorno y la promoción de la justicia. Después de un año, su partida nos sigue dejando un enorme vacío. Tomar muy en serio los principios que guiaron su vida y su magisterio filosófico será el mejor modo de honrar su memoria.

jueves, 12 de abril de 2012

PUCP: AUTONOMÍA E IDENTIDAD


Gonzalo Gamio Gehri

El conflicto entre la PUCP y el Arzobispo de Lima ha llegado nuevamente a un punto crítico. En momentos en que las conversaciones parecían llegar a cierto entendimiento que apuntaba a darle una solución integral al problema (juicios y estatuto) – se estaba preparando un documento que se iba a someter a discusión en la Asamblea Universitaria -, el Cardenal Cipriani concede una entrevista a un medio de prensa en la que sostiene que estas conversaciones con la PUCP nada tenían que ver con el tema de la herencia de Riva-Agüero y con los juicios correspondientes. Este gesto puede tomarse como de ruptura del diálogo, dado que el Vaticano está interesado en lograr una solución integral al conflicto (en el contexto de esa propuesta se envió al Cardenal Erdo). Asímismo, es preciso señalar que estas declaraciones del Arzobispo de Lima estarían contraviniendo el pedido expreso de Roma de mantener en absoluta reserva las negociaciones entre la Iglesia y la PUCP. Esta funesta actitud favorece la sólida hipótesis de que lo que el Arzobispo busca es ejercer el control económico y académico sobre nuestra casa de estudios. Hasta donde se sabe, las autoridades competentes ya estarían informadas acerca de esta quiebra de las conversaciones y sus extrañas circunstancias.

Por principio, soy partidario de la idea según la cual la mejor forma de resolver los conflictos pasa por llegar a acuerdos que satisfagan a las partes; esto supone escuchar las razones del otro y estar dispuestos a hacer razonables concesiones mutuas. En el caso de la PUCP, considero saludable arribar a consensos que no supongan sacrificar la autonomía universitaria, el pluralismo académico y el libre ejercicio del derecho de la Universidad a administrar lo que le pertenece. Lo digo en nombre de la importante trayectoria de la PUCP al servicio del país y a favor del cultivo del conocimiento, y también porque el cuidado de estos principios – autonomía y pluralismo – constituyen requisitos básicos para que podamos hablar propiamente de una Universidad: en ella, la libertad ante el examen crítico de las diversas formas de saber y expresión de sentido. Estoy convencido de que los centros educativos que no permiten discutir determinados asuntos o disciplinas, o que impiden leer ciertos libros, no son realmente universidades, y fracasan en la tarea de formar seres humanos lúcidos. En contraste, la PUCP ha sabido mantener su autonomía y practicar el pluralismo y el espíritu crítico sin perder de vista su inspiración católica. El cuidado de la identidad no debería suponer el sacrificio de la libertad académica. Estoy convencido de que esa libertad no es negociable; no puede serlo si lo que se busca es preservar el espíritu de la Universidad. Eso está claro para la comunidad universitaria.

No conozco el documento definitivo que iba a ser sometido a consideración de la Asamblea- pude leer un escrito preliminar, un borrador, que ha estado circulando en la red -, antes que la otra parte interrumpiera el diálogo. Considero que tal documento preliminar es ambiguo en una serie de puntos importantes, como en las condiciones que un candidato debe reunir para ser elegido Rector, por ejemplo. Creo que cualquier sugerencia de reforma de los estatutos tendría que ser examinada con tiempo, para asegurar que la autonomía y el pluralismo no se vean amenazados en modo alguno. Pienso también que ahora – en momentos en los que una de las partes parece haber desestimado la propuesta de solución integral, que habría sido materia del documento – el escenario es otro. Primero, quizá Roma tendría que pronunciarse sobre la ruptura unilateral de las conversaciones, (y en torno a la ruptura de la reserva de las mismas). La comunidad universitaria, por su parte, esperará que el diálogo se retome, bajo las condiciones de una estricta defensa de la autonomía de la PUCP.

Estaremos atentos a lo que suceda en los días que siguen.

miércoles, 28 de marzo de 2012

PERSEO Y MEDUSA




Gonzalo Gamio Gehri


Este es uno de los mitos más célebres del mundo griego, lamentablemente distorsionado por versiones posteriores que han intentado recrearlo sin demasiado rigor. Perseo era hijo de Zeus y Dánae, quien fuera recluida en una torre por su padre Acrisio, el rey de Argos, para evitar que tuviera descendencia. Zeus la visitó bajo la forma de una lluvia de oro. Acrisio temía que un oráculo funesto pudiera cumplirse si el niño sobrevivía. El rey ordenó encerrarla a ella y al niño en un cofre de madera y arrojarlo al mar. Guiado por una mano divina (la de Zeus) el cofre fue a parar a la isla de Serifos, donde Perseo creció al lado de su madre.

Los problemas llegaron cuando – varios años después - el rey de Serifos, Polidectes, pretendió desposar por la fuerza a Dánae. Perseo le prometió regalarle la cabeza de Medusa – la terrible Gorgona que petrificaba con la mirada – a condición de que renunciara a su madre. No conocía el real alcance de sus palabras. Polidectes aceptó el acuerdo, pensando que así podría deshacerse del joven. No obstante, Atenea – antigua enemiga de Medusa – se comprometió con la causa de Perseo. La diosa le regaló un bruñido escudo, que le serviría para ver a Medusa a través de su reflejo, dado que no debía por ningún motivo mirarla directamente. De Hermes obtuvo una poderosa espada, con la que enfrentaría al monstruo. Sin embargó, aún necesitaba tres objetos fundamentales para coronar con éxito su misión, que custodiaban las ninfas de Estigia: unas sandalias aladas, el yelmo de invisibilidad de Hades y un zurrón mágico para guardar la cabeza de la Gorgona. Sólo las Grayas – tres brujas antropófagas que compartían un solo ojo y un solo diente, y que vivían al pie del monte Atlas – conocían el paradero de estos objetos. Consiguió arrebatarles el ojo y el diente y logró forzarlas a señalar el lugar de los instrumentos mágicos.

Perseo se encaminó a Hiperbórea, donde encontró a Medusa, que dormía. Con la mirada fija en el bruñido escudo, siguiendo el reflejo, decapitó a la Gorgona de un golpe. Inmediatamente, sus dos hermanas despertaron, pero el héroe pudo evadirlas usando el yelmo, que lo invisibilizó. De este modo, Perseo pudo sobrevivir. Al pasar por Filistia, divisó a una joven que, desesperada, estaba encadenada a una roca, esperando la acometida de un feroz monstruo marino. Era la princesa Andrómeda, y le correspondía enfrentar un destino nefasto. Su madre, Casiopea, había ofendido a las nereidas aseverando que su hija las aventajaba en hermosura. Como castigo a su insolencia, Andrómeda debía ser devorada por la bestia. Al verla, Perseo quedó conmovido por su belleza, se notaba en los oscuros y brillantes ojos de Andrómeda una profunda tristeza, pero también una luz de esperanza que la aferraba a la vida. Su cabello azabache ondeaba con la brisa marina, mientras a su alrededor rompían las olas. El guerrero argivo decidió salvarla, comprometiéndose con sus padres a hacerlo si le concedían su mano en prenda. Los reyes asintieron, y Perseo, resuelto a arriesgar la vida por la princesa, enfrentó al monstruo. Lo mató usando su espada, decapitándolo. Ofreció luego sacrificios a Zeus, Hermes y Atenea, y celebró sus bodas con Andrómeda.

De regreso a Serifos, Perseo hubo de enfrentar a Polidectes, quien juraba que le había enviado a una muerte segura. Se presentó en medio de un banquete real, y fue recibido con abierta hostilidad por el soberano y los suyos. Perseo les mostró la cabeza de la Gorgona; el rey quedó petrificado, junto a todos los comensales, cómplices suyos que habían conspirado contra Perseo y contra su madre. Finalmente, entrego la cabeza de Medusa a Atenea, quien la fijó a su escudo.

El destino llevaría a Perseo a Argos y a asumir el trono, pero esa es otra historia que contaremos en otra ocasión.

miércoles, 21 de marzo de 2012

OMNICONTENTOS




Gonzalo Gamio Gehri

El columnista de El Comercio Diego de la Torre – profesor de la Universidad del Pacífico, según tengo entendido - ha dicho en un artículo publicado en ese diario que Vallejo “fue un maravilloso poeta, digno de un Premio Nobel, pero creo que influyó de manera negativa en el subconsciente colectivo de los peruanos”. A su juicio, autores como Vallejo y Ribeyro ponen énfasis en el fracaso y el sufrimiento. “Con una actitud así”, sentencia De la Torre, “no se crea algo grande, menos aun un ciudadano con mentalidad ganadora y sin complejos”. Con esta frase el autor declara la superioridad moral de raquíticos libritos de autoayuda como ¿Quién se ha llevado mi queso? – convertidos en bibliografía básica en ciertas universidades-negocio, eso ya lo sabemos – sobre Poemas Humanos y La palabra del mudo. Después de todo, de lo que se trata es de producir “emprendedores” o “gerentes innovadores”, porque el verdadero “desarrollo” procedería del trabajo esa clase de actores y no de quienes piensan de una manera sombría y pusilánime. Lo que es verdadero es lo que se puede medir, lo que vale (o tiene sentido) es lo que se puede traducir en utilidades económicas (¿Es que hay algo más?). El razonamiento que proviene de esta clase de perspectiva es tan simplista como disparatado.

Las reacciones ante esta ridícula columna han sido numerosas y han coincidido en señalar la conmovedora ignorancia de este personaje. Gustavo Faverón ha reflexionado - con especial contundencia e ironía - sobre lo que significa que El Comercio publique notas de esa pobre calidad y tan poco seso. Estoy de acuerdo con él en que no se trata solamente de que De la Torre sea un ignorante en cuestiones de literatura: el artículo citado en realidad rechaza torpemente el tipo de conocimiento ético que aportan la literatura y otras disciplinas humanas, que se basan en una exploración de la condición humana, de sus grietas y zonas oscuras, y en la denuncia de la injusticia y sus perniciosos efectos en la vida de las personas. De la Torre sostiene que cuentos como Alienación de Ribeyro contribuyen a fomentar el derrotismo nacional – curiosa tesis en un país en el que el sistema educativo no promueve precisamente la lectura -, cuando se trata de un relato que examina los males de la discriminación racial; parece que para estos edulcorados devotos del coaching la configuración de una “mentalidad ganadora” implica reprimir la “queja”, incluso cuando se trata de combatir la injusticia. No es difícil imaginar que De la Torre consideraría a Esquilo, Shakespeare o Benjamín – todos ellos a la vez pensadores trágicos y críticos de la injusticia – como parte de un coro de infelices que conspiran contra el “progreso” y enturbian el “espíritu positivo (vale decir, ganador)”.

Preocupa la chata y unilateral visión de la vida que tienen estos nuevos e improvisados predicadores: sean productivos, o perezcan, la pobreza no tiene causas, los que quieren salir adelante no les importa si la vida es injusta, etc. Para estos gurús de la "superación", el mercado es el espacio más importante de la sociedad, la competencia es el modo natural de interacción humana, la actividad racional consiste en el cálculo costo / beneficio, la "eficacia" es la virtud fundamental; esa clase de presuposiciones pasan como evidencias en el estrecho y monocorde discurso que proclaman aquí y allá, sin perder la sonrisa. Ese ideario podrá permitirles caminar sobre las brasas, pero no contar con una comprensión sensata de la existencia humana. Estos curiosos catequistas de la “motivación” y del “liderazgo” no parecen tener problema alguno con cerrar los ojos a una realidad más amplia y compleja que la que bosquejan sus prejuicios y esquemas. En la novela filosófica Así hablaba Zaratustra, Nietzsche llamaba “omnicontentos” a quienes renunciaban a percibir e interpretar lúcidamente la vida, con sus zonas grises, con una conciencia clara de la propia fragilidad, con la experiencia del vacío. Los omnicontentos se aferran a una alegría bobalicona, que no encierra sabiduría alguna sobre lo que significa vivir. No es difícil percibir en la pobre retórica de la nota que comentamos este pobre espíritu. No sorprende que juzguen la obra de Vallejo como completamente ajena a sus convicciones.